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El Policía

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Cuento de Alfredo Moreno

“Familia es familia Y cariño es cariño.”
(Rúben Blades)

Ya el calor de la tarde y el ruido que minuto a minuto rechina de los carros y del alboroto de la esquina, me tienen con ganas de soltar este uniforme y salir corriendo de vuela a mi casa, aun me quedan pocas horas para entregar mi guardia, pero me lleno de valor y a pesar de las incomodidades climáticas y ruidosas, continúo con mi trabajo, tratando de poner orden al espacio asignado por el comisario Esteban Aristimuño.

Me he topado con cantidades de casos, la mayoría trato de resolverlos por la vía más fácil, sin tanto papeleo, sin tramites, sin multas, pero sí, con una buena suma para aliviar mis penas monetarias qué día a día se han visto tan trastocadas por los embates de la inflación venezolana que hace que gaste hasta el último pelo que guardo en mis bolsillos.

Ésta vez no es así. La observo, la vuelvo a mirar, la admiro, por último me dirijo a ella ya que con poca prudencia ha osado a estacionar su vehículo en un lugar no permitido en mi zona de vigilancia. La primera vez que me dirijo, la dama ésta muy hermosa, delgada, cabello rizado de color oscuro, ojos grandes, de un color dorado que recuerda los almacenes de oro de los emperadores aquellos que solo nacían para coleccionar este precioso metal, su mirada penetrante y a su vez hermosa. Llevaba un pantalón que asomaba sus grandes caderas, de color verde, combinado con una blusa corta de color marrón. Entro en materia, le hago el alerta “Disculpe usted Srta., en ese lugar no podrá aparcar su vehículo” inmediatamente y como una bala, impulsada con el arma más precisa, sale ella del auto y me dice: “voy y vuelvo rápidamente”; nuevamente, pero con un tono más de policía actual le respondo: “No puedes estacionarte ahí, si no mueves tu carro ya, tendré qué tomar medidas y hacerte una multa, ya verás”; Sin mediar otra palabra, la hermosa dama acciona el botón de su control y cierra su auto en el lugar no permitido. Solo me quedo mudo, observando, hasta que caigo en cuenta que se burló de una orden de un funcionario y procedo a levantar el informe requerido por la administración policial para estos casos.

Pasan varios minutos – exactamente 35 – vuelve su risa y mirada a inundar la cuadra, pero al llegar al lugar del acontecimiento, estoy yo, ahí, esperando, terminando de colocarle en su lindo deportivo la calcomanía de infractor, y llenando la boleta de la multa. Con mi cara más sarcástica, algunas veces nosotros los policías disfrutamos de hacer este tipo de cosas. Aquí es donde comienza la historia y la histeria. Le informo que tiene tres días para impugnar la multa y qué debe cancelar en los bancos que aparecen al dorso de la boleta. Le solicito su cédula y documentos de su carro, primero se niega y comienza a remover del vidrio la etiqueta que tan fácil es de pegar, pero de un complicado remover. Yo vuelvo a solicitarle los documentos hasta que me los entrega y continúo completando y chequeando que todo esté en orden. Cuando comienzo a llenar los datos en la planilla de la multa, veo una coincidencia con el apellido de esa dama; ¿eres Casanova? ¿De que parte?, refiriendo a zona o región del país; ella no me responde, pero yo dejo de hacer la boleta e insisto: ¿de qué parte es usted?. Yo: mi familia es del Táchira y también firma con ese apellido, le digo a ver si ella me corresponde y le saco algunas palabra, efectivamente, pero no muy convencida, exclama: mi abuela es de San Cristóbal, creo, sé qué son de los andes pero no estoy segura de dónde exactamente. Dejo mi libreta de multas y comienzo una conversación acerca de la coincidencia. Poco a poco va pasando la histeria de la dama y va fluyendo un diálogo donde las preguntas son las respuestas de las mismas. En una ocasión le pregunto: ¿cómo se llama tu abuela? Y su inmediata fue: ¿Tu abuela está viva? Y yo sin pesar y continuando esta especie de juego de preguntas sin respuestas suelto la mía: ¿cuántos años tiene tu abuela? Y ella me responde rápidamente mi abuela se llama Blanca, bueno, todos les decimmos así porque su verdadero nombre creo que es: Sebastiana o Sebastiana de la Cruz, algo así, ¡sabes cómo era esos gochos antes! Ella se vino muy joven a Caracas, ¡ella no cuenta mucho de su infancia!, pero creo que ella no tiene familia allá. Yo ahora si pienso lo que voy a decir y un poco ansioso le cuento un poco sobre mi abuela: Se llama Maxímina y tiene como 84 años, mi abuelita es un amor como seguramente es la tuya, yo creo que tengo una foto en mi celular si quieres te la busco, ella esta viejita, pero igual, es una máquina de hacer cosas y de mandar a todo el mundo, no se olvida de nada, se recuerda de todos y de cada uno de sus hijos, nietos y bisnietos, que ya somos un gran número; Casi todos le decimos Maxi.

Entramos en cuenta que ya no tengo más que contarle de mi abuela, y ella en su lugar, esperando que yo le diga algo más o que simplemente le entregue los papeles para retirarse con su vehículo, hago otro intento de buscar un nexo familiar entre nuestras familias y le solicito su número de teléfono para comentarle a mi abuela y si ella se recordaba de algo le estaría realizando una llamada. Me guardo la multa en el bolsillo trasero de mi pantalón y le entrego sus papeles y sin decir nada, en un papel me escribe un número de celular, toma sus papeles y sin despedirse acciona el botón de su alarma y se marcha.

Camino a mi casa, cansado de tanto sol, me devuelvo en el instante en que me cuenta sobre su abuela Blanca. Apuro el paso, antes de llegar a mi casa, me desvío y entro a casa de Maxí. Vivimos casi montados unos sobre otros, como se acostumbra en las zonas populares de Caracas. Hago el saludo cotidiano de bendición y de más, ella como siempre saca su arsenal de café recién colado y me lo sirve acompañado de un delicioso pan que devoro en tres bocados. Ya llevo como unos 15 minutos haciéndole compañía le suelto la pregunta sobre sus hermanos. ¿Abuela usted tiene hermanas? Ella con temor, pero con firmeza, me responde: sí mijo como 3. Pero no recuerdo nada de ellas. Yo me fui con Patrocinio, su abuelo, cuando era muy joven, y mis hermanos se fueron todos al campo y las hembras fueron repartidas a demás conocidos. Vuelvo con otra pregunta: ¿Se recuerda de los nombres de sus hermanas? Y ella como es de esperar, responde con una pregunta: ¿Y a usted qué le pasa? ¿Qué esta averiguando? ¿Dígame qué se trae entre ceja y ceja? Yo un poco ansioso, comienzo a contarle; Abuela: Hoy estaba trabajando, y de repente, una muchacha verdaderamente elegante, se estacionó en un lugar que no podía, yo estaba en ese lugar y le hice el llamado de atención, el cual no acató y fue así que comencé a conversar con ella. Ajá ¿Y qué carajo tengo que ver yo en ese problema? Tenías que hacerle la multa y listo, no ponerte a estar echándole los perros siendo usted un hombre legalmente casado y con hijos.- Abuela, espere,- la familia de la muchacha lleva el mismo apellido que los nuestros, y de paso es de los Andes, para ser más exacto de Lobatera. Allí mi abuela cambió la cara de molesta a impresión de respuestas a preguntas. ¿Cómo se llama esa muchacha? Ya va abuela espere que termine de contarle, Ella es Caraqueña al igual que su mamá, pero su abuela, que vive en el Táchira se llama Blanca Casanova y yo solo quería saber si por casualidad es la hermana suya. Eso era mi ansiedad, por eso la cargué de preguntas al llegar a casa.

Tengo muchos años que no sé de nadie de mi familia, apenas tengo turbios recuerdos de mi niñez, pero, te voy a confirmar qué tenía una hermana que era mi mejor amiga, mi confidente, mi acompañante, era la más pequeña en edad, pero en la época de colegio siempre íbamos juntas y volvíamos ambas jugando por la calle empedrada del caserío o del campo donde vivíamos. En estos pocos recuerdos que tengo de mi niñez, aunque son pocos, siempre está mi hermanita, con su carita sonriente y sus ojos azules llenos de alegría, ella aunque lloviera estaba contenta. Cuando llovía todo se anegaba de agua no se podía ir a ningún lado, no podíamos cocinar, ni caminar, ni hacer nada, solo secar y sacar el agua hasta que la tierra hiciera su trabajo. Ella a pesar de ese trabajo que nos daban los fuertes aguaceros del estado Táchira, siempre sin reclamar y con el ánimo que la caracterizaba, hacia todo lo que se le ordenada de forma correcta y de paso con entusiasmo y alegría. En cambio yo: siempre me molestaba los primeros minutos hasta que ella me entusiasmaba y culminábamos las labores felices, en esa época solo teníamos diez años ella, trece años yo.

Recuerdo claramente una tarde cuando nuestros padres llegaron a la casita donde vivíamos en el campo y sin decir nada nos dieron sendas bolsas para recoger nuestras cosas. Ese día, (sin saber el porqué) estábamos en nuestro lugar guardando todo en las grandes bolsas sin saber a donde las llevarían o a donde nos mudaríamos. Llegué a pensar que volvería nuevamente a llover y nuestros padres estaban resguardando los 4 trapos que teníamos para la fecha. Ni una palabra mencionamos, solo sé que mi hermana tenía en su rostro algo extraño, sus ojos querían como expresarme algo, decirme algo, su boca no hablaba, sus gestos tampoco, pero esa mágica mirada continuaba emitiendo emociones, que en este caso no comprendí hasta que más avanzada la tarde, casi noche, llegó una familia en un carro. Era un Sr. Mucho más joven que mi padre, se sentaron en el comedor, estuvieron conversando como unos veinte minutos hasta que me llamaron.

Ese fue el último día que vi a mi familia. A partir de ese día no borro de mi memoria esa mirada de tristeza de mi hermana solo me bastaron horas para comprender lo triste que se sentía, no pude ni despedirme de ella. Me fui a vivir a un sitio que ni sabía dónde quedaba, a partir del día diez fue que comencé nuevamente a comunicarme y a pedir explicaciones. Quería volver a ver a mi gente, pero resulta que mis padres ya estaban muy enfermos y sin recursos y optaron por darnos a familias para culminaran nuestra formación.

Bueno yo no dure mucho con esa gente, hasta se me olvidó el nombre de ellos, más adelante me casé con su abuelo y desde ese momento hasta que él murió, estuve junto a él. Volvimos al campo, pero ya no quedaba ninguno de mis familiares, luego fuimos a vivir a San Antonio, allí duramos como unos años, hasta que volvimos a Lobatera, a trabajar nuevamente el campo y así poder sustentar a los niños que cada año venia uno nuevo. Para esa fecha ya teníamos cinco hijos y yo estaba embarazada. Duramos unos cuantos años más en el Táchira, hasta que tomamos la decisión de mudarnos a la capital, a buscar más recursos, una vida más cómoda que para esa época se podría lograr consiguiendo cualquier tipo de empleo en Caracas.

……………………………………

Entre tanto no volví a tocarle el tema a la abuela, comencé a hacer mi trabajo de investigador como buen policía. Empecé sigilosamente a buscar pistas que unieran a nuestras familias, a la de aquella chica y la nuestra. Tenía ese instinto de que éramos familia, lo olía, lo sospeche desde que leí en su identificación su apellido y lo confirme con el relato de Maxí esa tarde. Tomo el teléfono y comienzo a marcarle a la dama, en la primera llamada no tengo éxito, pero a unos instantes recibo un mensaje al celular dónde me responde que no puede atenderme, que la llame en unas horas y que si es para invitarla a salir que me ahorre la llamada. De verdad mis intenciones no eran carnales, aunque la dama estaba buenísima, mi interés por unir a la familia tenía otro sentido: aquel que el instinto me decía que estaba cerca de encontrar a la hermana de mi abuela, de darle una alegría que llenara aún más su espíritu de amor y su corazón de alegría. En ese momento no le respondí, solo esperé que pasara el tiempo para realizarle nuevamente la llamada, esa llamada que me respondiera.

Así fue, pasó exactamente una hora, volví a tomar mi teléfono, le marco y me atiende: -Dígame- me responde sin más palabras, le saludo y de una vez le pregunto si había podido hablar con su familiar de lo que había pasado, ella incrédula me dice: – no he hablado con ellos, ¿usted cree que sea posible?, es como increíble- nuevamente y completamente seguro le digo y le suplico que inmediatamente llame a su abuela o que me facilite la forma de yo poder hablar con ellos y así terminar de confirmar y cuadrar una visita y conocerla, ella sorprendida de mi insistencia me dice que va a tratar de llamarla a ver qué le dice, yo le recalco que le diga que mi abuela se llama Maxímina Casanova y que me envíe una fotografía de ella para mostrársela.

Ya la relación con la chica era más fluida, podíamos conversar sin tantas trabas ni trucos, le vi un cierto interés en preguntar e indagar, sentí que desperté su vena investigativa o que de verdad la convencí en que éramos familia. No volví a llamarle, dejé que  hiciera el trabajo, yo continuaba ansioso y emocionado, la abuela Maxí si no me creía mucho, me decía que yo solo quería acostarme con la chica mal estacionada, por unos días fui centro de burlas en las cenas familiares. Todo lo comenzaba Maxí con su carita de ángel y sin expresión comenzaba a preguntarme-“Mire mijo ¿y la novia suya?, la que dice que es su prima, ¿ya la invito a salir?” y comenzaban mis tíos, primos, hermanos, entre otros a hacer comentarios como: si la hubieses multado, quizás ya todo estuviese listo y tu celular tendría saldo; Otros me decían que yo lo que quería era montar en la olla a la infractora y cosas por el estilo, yo solo los observaba y pensaba en cuando me llamaría y me daría noticias del caso.

Ya habían pasado unos 8 días desde nuestra última conversación  y esa tarde recibo una llamada de un número desconocido, dejo repicar varias veces hasta que contesto – ¡buenas dígame!, ¿en qué puedo servirle?, escucho a lo lejos una voz tierna y dulce –hola mijo soy Blanca la Abuela de María, ella me dio su número, me dijo que usted es el nieto de mi hermana. Yo saltaba de la emoción, – ¡usted sí es la hermana de mi abuela! Solo por su voz lo puedo sentir, habla igual que ella-, –cálmese mijo ¿usted está seguro de todo lo que dice? Yo si tenía una hermana con esas características, si quiere anote mi número de teléfono y cuando esté con ella me llama para comunicarme y cruzar información que sé que ella y yo solo manejamos y así confirmar todo. No esperé salir de mi turno, recogí todas mis cosas y salí corriendo a la casa de Maxí para que contactara a la Sra. Blanca.

Ver a la abuela es relajante, es reconfortante ver el ánimo que imprime en todas las cosas que hace, esa arepa que nos acostumbra a dar está amasada con todo el cariño del mundo, ese café que no se cansa de ofrecer esta colado con todo el amor del mundo, sé que su salud es delicada, que cada emoción repercute en su presión arterial y en todos eso valores médicos que no entiendo, igual y sabiendo todo eso tomo el teléfono y marco para la casa de la señora Blanca. Contesta y le comunico a mi abuela, ella la saluda cariñosamente hasta que veo en sus ojos un brillo distinto, por un instante las arrugas de su rostro se alisaron y volvió a ser esa niña de los campos andinos por un momento, no decía ni una palabra, solo reía y asentía, sus ojos eran un poema, yo no podía aguantar más las ganas de llorar de emoción, viéndole a cara a mi viejita llena de felicidad, de alegría, me le acerco y le doy un abrazo y en ese momento es que con una voz quebradiza le dice que necesita verla, que la invita a su casa que quiere que se quede con ella unos días, vuelve a callar y tranca el teléfono. En ese momento es que veo como de sus ojos brotan lágrimas, aun no decía nada, solo me abrazó y me dio un beso en mis labios, en mis mejillas, una y otra vez lo hacía, comenzó a decirme todo lo que Blanca le había dicho y no podía aguantar tantas lágrimas de felicidad, me pedía que la fuese a buscar, que tratara de traerla de inmediato, yo le preguntaba detalles de su conversación y no me decía nada, solo decía que sí era su hermana, increíble pero cierto,-¡me conseguiste a mi hermanita!- me decía emocionada, la casa se volvió una fiesta, un poco extraña ya que no conocíamos a Blanca ni sabíamos si verdaderamente estaría entre nosotros. La abuela insistía en ir a buscarla, comenzó a preparar la cocina y habilitó una cama al lado de la suya para que su hermana durmiera junto a ella.

Yo comencé a hacer los trámites inmediatamente para efectuar el reencuentro de las familias, coordinamos y nos encontramos en la estación del metro cercana a nuestras casas. La Sra. Blanca es muy parecida a mi abuelita, tierna, decente, hermosa, coqueta, en pocos minutos de trato ya me tomaba de la mano, me llenaba el corazón de cariño como solo las abuelas saben hacerlo. Ella no llegó sola, estaba acompañada de María, y uno de sus hijos. Más rápido que lo acostumbrado estábamos entrando a la casa, Maxí esperaba ansiosa, perfumada, con la mesa servida impecable. Su encuentro fue sin palabra alguna, solo se veían a los ojos, se abrazaban, se sentían, manejaban un lenguaje más allá que el común, la energía que rodeaba el espacio era completamente extraña, buena vibra, alegría, felicidad, cubría todo el espacio. Más adelante si comenzaron a hablar, se sentaron una al lado de la otra y ninguno sabía que teman tocaban, ¿que tanto podrían hablar?, pero pasaron casi todo el día hablando, contándose cosas y cosas.

Tía, así la llamábamos, se quedó en casa unos cuantos días, nos demostraron que la sazón venía en la sangre, ya que cocinaban parecido para no decir igual.

Poco a poco fuimos conociendo a los demás familiares, si ya éramos numerosos, contando esta rama de la familia somos un gran batallón.

Las emociones no tienen edad, llegan en los momentos menos previstos, nos dan lecciones, nos muestran que las cosas valiosas de la vida radican en la familia, en los amigos, en esos momentos que por sencillos que sean se convierten en inolvidables, nunca olvidaré a la prima que un día se estacionó mal y que yo no multé.

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