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Ruben Östlund: “Los museos protegen obras absolutamente estúpidas”

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En enero de 2005, el sueco Ruben Östlund (Styrsö, 1974) protagonizó uno de los momentos más ególatramente divertidos del cine reciente. En un acto de soberbia, decidió grabarse junto a su productor en su habitación del hotel Trump en Nueva York durante la lectura de las candidaturas a los Oscar. Su Fuerza mayor estaba en la preselección de nueve filmes, parecía fácil entrar en el quinteto finalista. Durante los primeros cinco minutos del vídeo (un éxito de YouTube), ambos comen una manzana, responden a un timbrazo en la puerta. Llega su momento y empiezan a escuchar el listado. El primer nombre que se oye es el de la polaca Ida (que semanas más tarde obtuvo la estatuilla). Ambos no se dan cuenta de que ya están eliminados (la lectura se hace en orden alfabético y el nombre de su drama era Force Majeure). SIguen atentos. “Queda una”, dice el productor. Pues no, nadie dice “Force Majeure”. Se abrazan: “Estamos muertos”, dicen con risas circunspectas. Desaparecen de pantalla y empieza el estallido. Östlund sufre un ataque, el productor le aconseja: “Respira, respira”. El director enloquece, grita. Huye. “Me bajé a Central Park, no me lo podía creer. Me habían calentado demasiado la cabeza, me veía con la estatuilla”, recuerda dos años después entre risas. “Luego subí y pensé: ‘Qué más da, que cuelgue el vídeo”. ¿Lo volverá a hacer? “¿Lo de grabarme? Pues mira, sí. A los americanos les encantan esas historias de cenicientas, y yo aporto ese giro dramático para la próxima vez”. 

 

 

La pregunta es pertinente porque The Square, su siguiente trabajo, ganó la última Palma de Oro de Cannes y es la gran favorita al Oscar a mejor película de habla extranjera. Y porque entre otros temas, habla del ego en el arte moderno, en un fácil paralelismo con el cine. Su protagonista, padre divorciado con dos hijos (como Östlund) es el comisario jefe de un museo de arte moderno en Estocolmo que poco a poco cae en desgracia por su papanatismo, y a través de él Östlund arremete contra la corrección política, la impostura del arte actual que se parapeta en una retórica críptica ante ataques externos, contra el miedo al otro, juega a incomodar al espectador. “Vivimos momentos absurdos, como este de la promoción de películas, ¿verdad?”, cuenta relajado en San Sebastián, certamen en el que The Square participó en la sección Perlas. “Me gusta estar aquí porque así podemos hablar de Luis Buñuel, porque su visión del surrealismo en la vida diaria ha supuesto una enorme influencia en esta película. En realidad, el título perfecto para The Square era El discreto encanto de la burguesía, pero Buñuel ya lo cogió. Y Viridiana, todo lo relacionado con los pobres, y como le resuelve. ¡Qué genio! Amo la falta de sentimentalismo del cine de Buñuel. Eso mismo lo heredó mi maestro Roy Andersson [ganador en 2014 de León de Oro de Venecia con Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia], y a mí me ha influido más las charlas de Roy sobre Buñuel que las mismas películas de Buñuel”. 

 

 

Östlund saca la metralleta cinematográfica contra el arte moderno y los museos: “Es que esas instituciones no tienen ninguna conexión con lo que ocurre fuera de ellas. Se comportan de manera protectora y elitista con obras absolutamente estúpidas. Y lo mismo pasa con el cine. Si no entiendes una película obtusa en un festival, es que eres tonto. Ya ni discutimos qué es arte”. Al inicio de The Square una periodista entrevista al protagonista y le pregunta sobre qué es y no es una exposición. “Y el texto, delirante, lo saqué de un ensayo real de un profesor de bellas artes. Es como el cuento del traje nuevo del emperador. Me resulta fascinante el entramado económico que sustenta la imbecilidad del arte moderno”. 

Para añadir más leña, The Square es el nombre de una instalación artística creada por Östlund y Kalle Boman en mayo de 2015, un cuadrado en el suelo convertido en santuario de confianza y humanidad: dentro no puede pasar nada malo. “Confiar en la sociedad es un valor fundamental en Suecia para sustentar nuestra forma de vida. Hoy en toda Europa estamos exagerando miedos al extranjero, al otro, que no son reales y nos conducen a la paranoia. Muchos medios de comunicación y partidos políticos buscan el sensacionalismo o crean un conflicto para llamar la atención”.

En la siguiente película, Östlund abandonará el juego de un protagonista cercano a él (“Me gusta que sea yo y a la vez no sea yo, porque así reflexiono sobre lo que haríamos cualquiera ante lo que le pasa”), pero no se alejará de su estilo cortante. “Volveré a combinar actores suecos y estadounidenses, aunque filmaré por todo el mundo. Ya tengo el guion de mi siguiente proyecto. Mi esposa es fotógrafa de moda, trabaja en ese mundo de modelos y belleza, con botox por todos lados. Y voy a ahondar en ese universo con otra jerarquía social regida por argumentos banales que comportan un valor económico. Porque la belleza es una lotería, no depende de uno. Y además, ¿quién decide si eres guapo o guapa?”. 

 

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